LA PRIMERA ESTACION

ESCRIBIR PARA SER ESCLAVOS, LEER PARA SER LIBRES...

18.6.13

EL HOMBRE QUE QUERÍA ESTAR SOLO

Erase una vez un hombre aferrado a la terrible idea de pasar su vida solo; un asceta, un anacoreta, lo que se ajustase más a su modo de pensar.
Aseguraba él, entre sus cotidianos monólogos de agnosticismo  que, el amor le era prescindible, que la soledad era con rigor, su verdadera felicidad, o por lo menos, su único reducto de paz. Pero sabido es que, nadie puede anticiparse a su destino y que solo el instante tiene un peso objetivo y material, lo anterior y lo posterior son apenas la careta de algo inexistente. Entonces, Era científicamente imposible saber si el hombre que quería pasar su vida en soledad, lograría cumplir  tamaño cometido. La existencia es una incertidumbre absoluta que en el mejor de los supuestos, podemos intentar dirigir y ninguna otra cosa más. Aunque cierto también es que, un hombre con principios, tiene convicción y sabe mantener su postura, aún en la adversidad. Esta es la historia de un hombre que solo sabía estar solo.
Alguna vez, aseguró con la mirada puesta en el cielo que, su destino era no tener familia; ni hijos, ni mujer, nada que lo atara a un núcleo, nada que lo convirtiera en un ser gregario, acaso aceptando que su existencia era  combustión constante, un polvorín en alerta permanente, y con esa consigna, continuó con lo trazado; centró su tiempo en el trabajo y el ahorro dispuesto a recorrer el mundo. Es imposible saber cuántos aviones, buses y trenes abordó durante toda su vida, pero fueron cientos, en su intento por huir de cualquier posibilidad, aunque fuera remota, de doblegarse ante la peligrosa llegada de un amor viral, y así sucedió durante un largo tiempo, hasta que en determinado  momento, en el futuro, el agobio lo detuvo y decidió dejar de huir  y establecerse tomando las precauciones necesarias, adquirió una propiedad escondida en un olmedo, una pequeña casa  que decoró con sobriedad, pero con las peculiaridades de su extraña forma de ser, aunque la mayor singularidad estaba en el menaje, con certeza, la cosa más triste que pueda uno describir de lo visto entre todas las casas del mundo; sobre una pequeña mesa se encontraban puestos: un vaso, una taza, un plato, un juego de cubiertos, y al lado,  una  sola silla; sin duda, un caso Freudiano que, debía remitir al hombre solitario hasta sus orígenes, su infancia, su estancia en el claustro materno, al mismísimo momento de la concepción incluso. Sin embargo para él, esto no era más que un estilo de vida, la urgente necesidad de nada, de nadie; su vocación terrible de silencio, su amor por el vacío.
Cierta tarde, despertó con la edad encima, ya tenía 59, 61 años tal vez, un número impar por supuesto. La senectud había llegado a él sin hacer demasiado ruido, a pesar de que el silencio imperaba en la casa, y podía escucharse incluso, la caída de una hoja. De la vejez recién supo cuando  estuvo establecida, podía deberse el caso a la ausencia de gente en los pasadizos, los hijos, los nietos nos recuerdan con toda naturalidad que ya pasamos la barrera del tiempo, pero a solas, nada transcurre. O nada parece transcurrir.
Durante esos días, una ola de consejeros empíricos invadieron su gueto, coincidentemente casi al mismo tiempo, conformando lo que parecía una conspiración masiva; se trataba de algunos amigos y familiares, entre ellos su madre, que llegaron para increparle su elección, con el argumento de que todo esto era consecuencia de sus decisiones absurdas, que ya no era edad para que una persona estuviera sola, pero  al mismo tiempo, que era tarde para remediarlo, es decir, simplemente se trataba de una lluvia de reproches sin arreglo que, terminaron con una solución simple: el hombre les prohibió que volvieran a visitarlo, y en este tramo de la historia, la casa se quedó efectivamente desolada. El hombre desechó los sofás de 2 y 3 cuerpos, mandó clausurar el baño de visitas y guardó en el sótano, el par de todos los objetos que hubieran venido de a dos. De esta manera, continuó fielmente su plan, ahora – y quizás realmente por primera vez - en absoluta soledad.
Es difícil entender si de verdad fue feliz o no, con seguridad él mismo estaría esperando el último día de su vida para hacer un balance y saber si su decisión había sido la correcta, si su apuesta había tenido algún resultado favorable, la cara de su historia decía que sí, un soltero empedernido, adinerado, recorriendo el mundo con libertad, conociendo cientos y miles de mujeres de distintas latitudes, viviendo amores furtivos de días o de horas, sin mayores responsabilidades que las de su peso y su paso; una aventura aparentemente de ensueño. Pero el asunto requería agotar hasta el último minuto de su existencia para darle el resultado, en el instante final se preguntaría si había sido feliz y según la respuesta, se iría, esbozando una sonrisa o con el gesto adusto de quien vivió equivocado. Aunque  el destino no siempre es tan generoso, una madrugada, fue sorprendido por un infarto fulminante que no le dio tiempo ni de cerrar los ojos. Se desplomó en el piso del jardín, como una hoja seca. El otoño había empezado.

El cadáver fue descubierto por un cazador y después, trasladado a la morgue general, a la espera de algún familiar o interesado. Pero sus estrategias habían funcionado tan perfectamente que nadie jamás fue por él. El único detalle que escapo de sus manos fue precisamente el de este episodio, terminó enterrado en una fosa común, mezclado para la eternidad con decenas de cuerpos desconocidos. Ironías de la vida, o de la muerte, según quiera uno verlo.

2 comentarios:

  1. Rudy Ventura18.6.13

    muy buena Helmut

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  2. Nadia19.6.13

    Esta historia suena muy conocida, pero creo que el protagonista ya encontró su razón de ser y escribe ahora una nueva historia en compañía de alguien, saludos Helmut. Como siempre una buena historia.

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